Marcos 8, 31-33

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EL DESTINO DEL MESÍAS
Primer Anuncio de la Muerte-Resurrección

  • 31 Entonces empezó a enseñarles que el Hijo del hombre tenía que padecer mucho, siendo rechazado por los senadores, los sumos sacerdotes y los letrados y sufriendo la muerte, y a los tres días resucitar.
  • 32 Exponía el mensaje abiertamente.
    Entonces Pedro, tomándolo aparte, empezó a conminarle.
  • 33 Pero Él, volviéndose de cara a sus discípulos, conminó a Pedro diciéndole: ¡Ponte detrás de mí, Satanás! Porque tu idea no es la de Dios sino la de los hombres”.

El texto que veremos a continuación recoge la primera predicación de Jesús sobre su rechazo, muerte y resurrección, así como la oposición de Pedro. En la predicación, Jesús sustituye el título de “Mesías”, usado antes por Pedro y de implicaciones nacionalistas, por la denominación “el Hijo del hombre”, de alcance universal y que tiene un sentido extensivo, ya que lo que se diga del “Hijo del Hombre” afecta primariamente a Jesús, prototipo de Hombre, pero también a sus seguidores.

La perícopa se divide en dos escenas:

8,31-32Enseñanza: Predicación de Jesús sobre el destino del Hijo del hombre.
8,32b-33Oposición de Pedro e invectiva de Jesús.

31a Entonces empezó a enseñarles...

La palabra inicial, “entonces” enlaza esta perícopa con la anterior y presenta lo que sigue como una reacción de Jesús a la declaración mesiánica de Pedro, cuya divulgación ha prohibido a los discípulos (8,29-30). Es la primera vez que la enseñanza de Jesús se dirige  directamente a ellos. Hasta ahora había enseñado a multitudes judías (1,21; 2,13; 4,1; 6,34). El propósito de Jesús era que sus discípulos asimilasen el mensaje universalista y comprendiesen la calidad de su mesianismo, siendo testigos de su actividad y escuchando la enseñanza que Él impartía a las multitudes. Pero ante el fracaso de esa manera de proceder, patente en la declaración de Pedro, Jesús empieza a enseñarles directamente a ellos.

Hay que recordar que en este evangelio, “enseñar” es algo que sólo hace Jesús y significa exponer el mensaje tomando pie del Antiguo Testamento (6,34). Por eso Jesús enseña únicamente a auditorios judíos. Por otra parte, “enseñar” no consiste sólo en dar información, sino en comunicar un saber que el discípulo debe aplicar a su propia vida y conducta. El hecho de empezar” indica que la enseñanza de Jesús a los discípulos será continuada en lo sucesivo (9,31).

La enseñanza de Jesús está enmarcada por las frases “empezó a enseñarles” (v31a) y “exponía el mensaje” (v32a), las mismas expresiones que abrían y cerraban la enseñanza en parábolas a la multitud a orilla del mar de Galilea (4,1.2.33)

Esta alusión a la enseñanza a la multitud junto al lago indica que el contenido de este dicho de Jesús está en relación con el secreto del reinado de Dios, tema del discurso en parábolas (4,11), secreto que consiste en que este reinado, expresión del amor de Dios al género humano, quiere ejercerse comunicando plenitud de vida a todos los hombres sin distinción.

El significado de este reinado se concreta en las dos parábolas finales del discurso: la primera (4,26-29) concerniente al plano individual, enseñaba que lo que constituye al seguidor de Jesús es la disposición a la entrega personal (4,30-32). La segunda (4,30-32) concerniente al plano social, señalaba que la nueva comunidad, de horizonte universal, no tendrá rasgos de esplendor y grandeza que se presten al dominio. Estas dos características son radicalmente contrarias a las aspiraciones individuales y nacionales de los discípulos. Ellos esperan que Jesús, como Mesías, restaure la gloria de Israel, su nación, por encima del resto de los pueblos, y aspiran a ocupar ellos mismos puestos de importancia en el reino mesiánico.

La alusión al discurso de las parábolas insinúa al mismo tiempo que la situación de incomprensión de los discípulos después de la declaración mesiánica es comparable a la de la multitud en aquella ocasión. Es decir, el hecho de que Jesús tenga que dirigir a los discípulos esta enseñanza, que retoma la de entonces, hace ver que éstos se encuentran todavía al nivel de “los de afuera” (4,11; 7,18; 8,17). La explicación que les dio después de aquel discurso (4,34) no ha surtido hasta ahora ningún efecto.

31b...que el Hijo del hombre tenía que padecer mucho, siendo rechazado por los senadores, los sumos sacerdotes y los letrados y sufriendo la muerte…

Tras la declaración mesiánica de Pedro (8,29), Jesús empieza una enseñanza que desmiente el elemento triunfalista contenido en el título “el Mesías” que le ha atribuido Pedro en nombre de todos. Aceptando ser el Mesías, Jesús quiere clarificar cómo ha de entenderse su mesianismo. Les pone ante los ojos no la figura gloriosa y victoriosa del mesianismo judío, sino el doloroso destino de su persona antes de su exaltación, destino que de algún modo afectará también a los que quieran seguirlo.

Para aclarar a sus discípulos la índole de su mesianismo, Jesús emplea el término “el Hijo del hombre”, que, por relación con el pasaje anterior, adquiere aquí sentido mesiánico.

En el primer período del evangelio, ha aparecido ya dos veces este término. La primera vez en el episodio del paralítico (2,10) donde se describía la misión del Hijo del hombre como la de borrar el pasado pecador de la humanidad (prerrogativa divina), sin distinción de razas o pueblos, y comunicarle vida. La segunda vez, como colofón del episodio de las espigas (2,28), donde se mostraba al Hijo del hombre como superior a toda Ley (como Dios mismo), es decir, dotado de plena libertad de acción para llevar a cabo su misión vivificadora. Ambos pasajes mostraban efectos de la comunicación del Espíritu a Jesús con ocasión del bautismo. El Hijo del hombre se define así, como el portador  del Espíritu de Dios, el que por la comunicación plena de ese Espíritu ha alcanzado la condición divina, el Hombre-Dios. La denominación incluye, por tanto, la excelencia suprema de los seres humanos que, en su proceso y su actividad, deberán alcanzar la plenitud. Esto funda el aspecto extensivo de la denominación “el Hijo del hombre”.

La unión de la calidad de “el Hijo del hombre” con el título de “Mesías” ha aparecido implícitamente en la escena que sigue al bautismo de Jesús: es el Ungido con la plenitud del Espíritu, el que es investido Mesías por la voz del cielo: “Tú eres mi Hijo”, que afirma al mismo tiempo la posibilidad de la muerte (“el amado”, alusión a Isaac en Gn. 22,1-2) y la universalidad de su misión (“en ti he puesto mi favor”, alusión al servidor de Dios en Is. 42,1).

Al asociar Jesús a la idea de Mesías la de Hijo del hombre, indica que el único y verdadero Mesías es el Hombre pleno, cuya misión no consiste en dominar sino en favorecer el desarrollo de los seres humanos, encaminándolos a la plenitud. Esta se realiza ante todo en la persona de Jesús, pero va siendo participada por todos los que de Él reciben el Espíritu.

A la idea de “el Mesías” davídico individual propuesta por Pedro (8,29), Jesús opone la de “Mesías-Hijo del hombre” con su sentido extensivo, afirmando con eso que la calidad y misión mesiánica son colectivas, pues por la comunicación del Espíritu, se extiende de Él a sus seguidores.

Por otra parte, a la idea de Mesías nacionalista y triunfante implícita en la declaración de Pedro se opone la figura del Hijo del hombre que va a ser rechazado y a sufrir la muerte. Aparecen así dos concepciones mesiánicas diametralmente opuestas.

El rechazo, la pasión, muerte y resurrección del Hijo del hombre se colocan en este pasaje bajo el signo de la necesidad: “tiene que padecer mucho, siendo rechazado y sufriendo la muerte, y a los tres días resucitar”. Pero no se trata de una necesidad antecedente decretada por Dios, sino consecuente, derivada de la oposición de los hombres al plan salvador.

Así aparece en el evangelio. En su bautismo, Jesús se había comprometido a llevar a cabo la obra de Dios a favor de la humanidad y estaba dispuesto a mantener su decisión hasta el final. Su actividad ha sido la que correspondía al portador del Espíritu-amor: la supresión de los obstáculos que impiden el desarrollo del hombre y la comunicación de vida. Pero esa actividad había encontrado desde el principio la oposición de los letrados y fariseos. En dos ocasiones ha señalado Marcos que los letrados que se oponían a Jesús procedían de Jerusalén (3,22: 7,1). La primera vez pretendieron difamarlo como agente de Satanás a causa de la actividad liberadora. La segunda, fiscalizaron sus actuaciones respecto a la pureza ritual. Esto quiere decir que el centro del sistema judío estaba alarmado por la actividad y enseñanza de Jesús.

La oposición anunciada, que culminará con el rechazo y la condena por parte de todos los estamentos del poder religioso-político judío, no es, por tanto, ninguna novedad. No hace más que llevar al extremo la hostilidad ya existente. No es pues de extrañar que Jesús pueda anunciar su destino como Hijo del hombre; es consciente de que el poder establecido no lo acepta y de que está dispuesto a darle muerte. Dios potencia al hombre, pero no determina el curso de la historia; son los hombres los que la construyen.

El contenido de la enseñanza sobre el destino del Hijo del hombre presenta dos miembros principales: “padecer mucho” y “resucitar al tercer día”.

El primer miembro “padecer mucho” es especificado a continuación mencionando el principio y el fin de ese padecimiento: comenzará con el rechazo oficial a la persona y actividad de Jesús y terminará con su muerte. La acción contra Jesús va a tener carácter oficial, incluso político; va a morir a manos de los jefes del pueblo, por tanto, en Jerusalén y en lugar público.

Aunque las tres categorías citadas[1] componen el órgano de gobierno del pueblo Judío, Marcos no menciona esta institución por su nombre, sino que nombra por separado y con artículo para cada uno, los tres grupos de los que provienen sus miembros: la aristocracia seglar (senadores), la aristocracia sacerdotal (sumos sacerdotes) y los doctores de la Ley (los letrados), poniendo así de relieve la responsabilidad de cada uno de ellos. La oposición a Jesús no procede del pueblo, sino de los tres grupos sociales más influyentes en la vida económica, política y religiosa del país.

El hecho de que los tres grupos, en muchas cuestiones antagonistas, se alíen para rechazar a Jesús y condenarlo a muerte, indica que los mueve un interés común, y este no puede ser otro que el de conservar su posición de poder en la sociedad. Ven en Jesús un peligro para ellos. Que su oposición a Él llegue hasta procurarle la muerte muestra su temor de que el mensaje de Jesús los lleve a la ruina. De hecho, las instituciones político-religiosas de Israel, que ellos encarnan, estaban fundadas en la Ley y las tradiciones, presentadas por los letrados como divinas y eternas. Por eso el mensaje de Jesús, que supera o invalida la Ley y rechaza las tradiciones, socava los cimientos de su sistema. La alternativa que Jesús ofrece declara caduco el sistema judío a favor del universalismo. Nada tiene de extraño que los detentadores del poder de ese sistema declaren lucha abierta contra Él.

Es la primera vez que se menciona en Marcos los tres grupos que constituyen el Sanedrín o gobierno judío, y es la única vez que aparecen en primer lugar los senadores (11,17,14,43.53;15,11). Esto puede indicar que van a ser ellos, representantes del poder económico, los que manejen los hilos de la ofensiva contra Jesús, mientras que los sumos sacerdotes y los letrados serán los que den la cara.

Jesús no actúa como un fanático, no da su vida por una ideología. Su muerte será consecuencia de su amor al hombre, llevado a la práctica en toda su actividad. Los que se oponen a Él no son solamente enemigos personales suyos, son enemigos del ser humano.

31c... y a los tres días resucitar.

También la resurrección del Hijo del hombre está puesta bajo el signo de la necesidad. Esta necesidad es igualmente efecto de la posesión del Espíritu, la vida misma de Dios, incompatible con la muerte. El que lo posee en primer lugar, Jesús y tras Él, sus seguidores, no quedará en ella; será superada por la vida.

Los tres días”, más que ser un dato cronológico, tienen significado teológico. Pueden aludir, por una parte, a Ex. 19,11.16, donde se anunciaba para el tercer día la manifestación de la gloria divina. También puede referirse a Os. 6,2 donde se anuncia “el tercer día” como el de la acción definitiva de Dios. Además, en la cultura judía se pensaba que la muerte definitiva no tenía lugar hasta pasado el tercer día, cuando la descomposición empezaba a borrar los rasgos del difunto. “Resucitar al tercer día” significaría entonces, que la vida no ha llegado a interrumpirse, sino que ésta ha vencido a la muerte.

Se mencionan de esta manera las consecuencias a que inevitablemente llevan (“tiene que”) la actividad y el ser del Hijo del hombre. Su libertad, que cuestiona los postulados básicos del sistema judío y su actividad dadora de vida, desencadenan la hostilidad a muerte de los estamentos del poder económico, religioso y político; a ellos, lo verdaderamente humano y la promoción del ser humano les resulta intolerables. La muerte del Hijo del hombre a manos de ellos es una consecuencia negativa pero pasajera. Su ser, en cambio, asegura al Hijo del hombre la victoria sobre la muerte, consecuencia gloriosa y definitiva de la presencia en Él del Espíritu que es vida indestructible.

32 Exponía el mensaje abiertamente.

Esta frase del evangelista pone en paralelo y en contraste este pasaje con 4,33, donde se decía que Jesús exponía el mensaje a la multitud valiéndose de muchas parábolas. Este paralelo confirma que el contenido de la predicación anterior de Jesús corresponde al de las parábolas del Reino expuestas en el discurso junto al lago (4,26-32).

De hecho, como ya se ha insinuado, en la primera de ellas, la de la tierra que produce fruto (4,26) se trataba de la transformación del individuo que hace suyo el mensaje. Según la parábola, el resultado de este proceso de asimilación consiste en la entrega personal (4,29), expresión del amor a los hombres. A este aspecto corresponde la entrega voluntaria del Hijo del hombre, expresada en la predicción misma: Jesús conoce cuál va a ser el desenlace de su actividad a favor de los hombres y lo acepta de antemano. El paralelo entre la parábola, que se refiere al seguidor de Jesús, y la predicación, que atañe a la persona de éste, confirma, por su parte, el carácter inclusivo de la expresión “el Hijo del hombre”.

En la segunda parábola, la del grano de mostaza (4,30) se considera el aspecto social del Reino, excluyendo todo esplendor mundano. A este aspecto corresponde el hecho de que el Mesías-Hijo del hombre, lejos de aspirar a ser un jefe político que inaugure el nuevo reino de Israel, va a ser rechazado por las autoridades de su pueblo y condenado a muerte. No hay lugar, por tanto, para triunfos terrenos.

Por otra parte, el uso de la misma expresión “les exponía el mensaje” en el episodio del paralítico (2,2) donde Jesús abre el horizonte del reinado de Dios a los pueblos paganos, muestra que la misión y la entrega del Mesías-Hijo del hombre no se hacen solamente a favor de Israel, sino que se extienden a la humanidad entera.

El valor extensivo de la expresión “el Hijo del hombre” implica que la suerte del seguidor será similar a la de Jesús. La construcción de la sociedad nueva o reino de Dios no se hará con triunfo y esplendor, sino mediante la entrega personal para procurar la libertad y el desarrollo del ser humano y puede acarrear la persecución, e incluso la muerte, por parte de los poderes económicos, religiosos y políticos. Pero esa muerte no será un fracaso, pues la continuidad de la vida está asegurada.

A sus discípulos, que acaban de reconocerlo Mesías, pero según las categorías de Israel, Jesús expone este mensaje abiertamente. Ha empezado su camino hacia Jerusalén, es decir, los acontecimientos que anuncia se sitúan en un futuro cercano; no hay tiempo para demoras, deben darse cuenta de la gravedad de la situación y comprender adónde los lleva ser seguidores suyos. La explicación de los adversarios que lo rechazarán y condenarán a muerte, representantes de las instituciones de Israel, deberá hacerles comprender que los ideales del judaísmo son incompatibles con la adhesión a Jesús y con el designio de Dios que Él está realizando.

Es un momento decisivo. Si quieren seguir con Jesús tienen que aceptar su mesianismo, renunciando a los ideales nacionalistas. De ello depende el éxito de su misión futura.

32b Entonces Pedro, tomándolo aparte, empezó a conminarle.

A pesar de la enseñanza anterior, la acción de Pedro pone de manifiesto un propósito diametralmente opuesto al de Jesús. Pedro lo toma aparte, separándolo del grupo con intención de influir sobre Él. Pretende evitar que cumpla un destino que incluye la perspectiva de la muerte, lo que sería la ruina de todas sus expectativas mesiánicas. Quiere persuadir a Jesús de que intente vencer a sus enemigos, desviándolo de su compromiso inicial. No ve en la muerte anunciada la entrega voluntaria de Jesús, sino su fracaso. Concentrado en su ideal terreno, más interesado por la nación que por el individuo, Pedro no presta atención al desenlace anunciado, que es la vida (“resucitar”).

No sólo eso. Pedro, atrincherado en sus ideales nacionalistas, que considera expresión del designio divino sobre Israel, habla a Jesús como el superior al inferior; Le “conmina”, igual que Jesús había conminado al grupo a guardar silencio. Como aparecía en la perícopa anterior (8,30) este verbo es el usado por Marcos para introducir las invectivas de Jesús a los espíritus inmundos (1,25 y 3,12) y al viento, figura del mal espíritu que animaba a los discípulos (4,39). Así, Pedro considera que, al aceptar este destino, Jesús toma posición contra Dios y su designio. Para Pedro, es él y no Jesús quien entiende cuál es el proyecto de Dios.

Existe un paralelo entre la enseñanza de Jesús: “empezó a enseñarles” (v31) y la oposición de Pedro: “empezó a conminarle” (v32b). Marcos muestra por adelantado que la resistencia de Pedro y con él, del grupo de discípulos, va a continuar a pesar del esfuerzo de Jesús por hacerles comprender y aceptar el mensaje.

33 Pero Él, volviéndose de cara a sus discípulos, conminó a Pedro diciéndole: ¡Ponte detrás de mí, Satanás!. Porque tu idea no es la de Dios sino la de los hombres.

En contra del intento de Pedro de aislarlo, Jesús se vuelve y, de cara al grupo de discípulos, que comparten los ideales de Pedro, se encara con éste. De nuevo aparece el verbo “conminar”, cuyo sentido queda ahora claramente especificado por el apelativo “Satanás”. Al contrario de lo que Pedro pensaba, es la profesión de la ideología nacionalista y el deseo de triunfo lo que equivale a estar movido por un espíritu inmundo. Al introducir las palabras de Jesús, se usa el presente histórico (“le dice”).

La declaración de Jesús manifiesta de manera radical lo irreconciliable de las dos concepciones. En primer lugar, deshace la táctica de Pedro, que había intentado forzarlo (“conminar”) a adoptar su ideal mesiánico. Aludiendo al “vengan detrás de mí” de su llamada inicial (1,16) , Jesús pone en sus sitio a Pedro, recordándole su condición de discípulo (“ponte detrás de mí”); no es él quien debe seguir a Pedro, sino Pedro a Él. En segundo lugar, lo llama “Satanás”, el peor apelativo que podía dirigirle, y que alude a la tentación en el desierto (1,13), tentación que se ha materializado en la petición de la señal a Jesús por parte de los fariseos (8,11). Pedro ha propuesto a Jesús el mismo programa mesiánico con que lo tentaban éstos en Dalmanuta. No ha abandonado la ideología del judaísmo. Sigue llevando consigo la levadura de los fariseos.

La última frase de Jesús “Tu idea no es la de Dios sino la de los hombres expresa contundentemente la oposición entre las dos concepciones, situándolas en dos esferas diferentes. Los que actúan contra el designio de Dios son “los hombres”, aquellos que se oponen con sus tradiciones al mandamiento divino (7,8); los que, como “árboles” que no ven ni oyen (8,24), no comprenden la identidad de Jesús (8,28), porque encerrados en su nacionalismo exclusivista, rechazan el amor universal de Dios.

Pero no se trata de una oposición simplista entre las esferas de lo divino y lo humano; está en juego el proyecto de hombre. Al profesar los ideales de “los hombres”, Pedro y los demás contradicen la “idea de Dios”, el designio divino de plenitud humana según el modelo del Hijo del hombre. Ellos siguen alimentando un ideal que tiene únicamente en cuenta la gloria de la nación y el éxito en la esfera terrena, prescindiendo del desarrollo humano de los individuos.

La falta de reacción de Pedro y del resto de los discípulos, que no reconocen su error ni expresan su arrepentimiento por su oposición a la predicación de Jesús, prepara los episodios siguientes.






[1] Los senadores, los sumos sacerdotes y los letrados, son las tres categorías que componían el Sanedrín o Gran Consejo.




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