Marcos 11,20-27a

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LA HIGUERA SECA

20 Al pasar por la mañana vieron la higuera seca de raíz.

21 Se acercó Pedro y le dijo: Rabbí, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.

22 En respuesta, les dijo Jesús: Tengan fe en Dios.

23 Les aseguro que quien diga a ese monte: “álzate y arrójate al mar” y no vacile en su interior, sino que tenga fe en que lo que está diciendo va a suceder, lo obtendrá.

24 Con motivo de eso, les dijo: todo cuanto pidan para ustedes en oración, tengan fe en que lo han recibido y lo obtendrán.

25 Y cuando estén de pie, orando, perdonan si tienen algo contra alguien, para que también su Padre del cielo les perdona sus faltas.

27a Y llegaron de nuevo a Jerusalén[1].


20 Al pasar por la mañana vieron la higuera seca de raíz.

A la mañana siguiente, Jesús acompañado de sus discípulos se dirige de nuevo a Jerusalén. En su camino a la capital, pasan por el mismo sitio que el día anterior y se topan con la higuera sin fruto que fue objeto de una palabra de Jesús (11,12). La higuera, a la que Jesús había deseado que nadie buscase alimento en ella está seca de raíz, es decir, completamente muerta; no hay vida alguna en ella, ni tiene esperanza de retoñar. Con esta figura de la higuera seca, Marcos anticipa al presente de la narración el efecto futuro del deseo expresado por Jesús el día anterior. No se trata, pues, de algo anecdótico, sino de un recurso literario que da pie al desarrollo de la perícopa.

21 Se acercó Pedro y le dijo: Rabbí, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.

Vuelve Pedro a salir a primer plano (8,29.32; 9,5; 10,28). Se acuerda de lo ocurrido el día anterior y pone en conexión la falta de vida de la higuera con las palabras de Jesús.

Pedro no se dirige a Jesús llamándolo “Maestro” (9,38; 10,35) o Rabbuní (10,51), sino que lo designa, por segunda vez (9,5), como Rabbí, título que se daba a los doctores de la Ley. Esto significa que lo considera como un Maestro que se atiene a la tradición del judaísmo. Muestra, así Pedro, que sigue en su antigua postura. El uso del presente histórico, que transfiere el dicho a la época de Marcos hace ver que el grupo de discípulos, representado por Pedro, no tiene claro aún la verdadera identidad de Jesús.

La frase de Pedro delata sorpresa (“Rabbí, mira”). Interpreta equivocadamente las palabras de Jesús como una maldición y se admira de su eficacia, pensando que es Jesús quien ha hecho morir a la higuera. Pero, teniendo en cuenta lo dicho por Jesús el día anterior, (11,14), la higuera, figura del sistema religioso judío, centrado en el templo, no se ha secado de raíz directamente por causa de las palabras de Jesús, sino porque los seres humanos han comprendido que es incapaz de dar vida y que, por tanto, es inútil ir a buscarla en ella. Es decir, por haber perdido hipotéticamente la adhesión y el apoyo de los hombres.

Basándose en su falso supuesto, Pedro hace notar a Jesús el poder de su palabra, queriendo hacerle ver que con ese poder puede vencer cualquier obstáculo e insinuando que del mismo modo que ha dejado sin vida a la higuera, podría, si quisiera, aniquilar a sus enemigos. Que la higuera se haya secado de raíz, le resulta contradictorio con lo que había anunciado Jesús sobre la condena de que va a ser objeto y la muerte que va a padecer (10,33; 8,31; 9,31). Quiere que Jesús, dada la fuerza que posee, se dé cuenta de que puede evitar ese destino. Vuelve a ver en él un Mesías de poder, y su llamada de atención constituye, en el fondo, un nuevo intento de desviar a Jesús de su camino (8,32).

Dicho de otro modo, después de la denuncia del templo hecha por Jesús el día anterior (11,17), Pedro estima que un hombre que tiene la fuerza mostrada, a su parecer, con la higuera, puede fácilmente renovarlo todo y enfrentarse con éxito a cualquier adversario. Ve en Jesús un poder capaz de eliminar la corrupción y de instaurar un nuevo orden dentro del judaísmo.

En realidad, Pedro no ha asociado el hecho de la higuera (primero sin fruto y luego seca) con la situación y el destino final del templo, encarnación del sistema religioso judío, sino sólo la fuerza de Jesús, con la reforma de las instituciones de Israel. No entiende que la muerte de la higuera/institución se debe a la hipotética falta de apoyo de los hombres. No comprende que lo sucedido equivale al fin de todas sus esperanzas de restauración nacional por obra de un Mesías triunfante. No percibe la novedad radical del Reino de Dios. Sigue en la mentalidad que mostró en la transfiguración; la de integrar la obra de Jesús en las categorías del AT. (9,5), para hacerla compatible con las esperanzas mesiánicas del judaísmo, que se apoyaban en Él.

22 En respuesta, les dijo Jesús: Tengan fe en Dios.

23 Les aseguro que quien diga a ese monte: “álzate y arrójate al mar” y no vacile en su interior, sino que tenga fe en que lo que está diciendo va a suceder, lo obtendrá.

Pedro esperaba una salvación milagrosa, por la fuerza de la mera palabra. Por eso Jesús previene a los discípulos contra esa falsa creencia. Les habla a todos, señal de que Pedro expresaba, como otras veces, el sentir del grupo. En todos pervive la antigua ideología. Una vez más emplea el autor el presente histórico. Insiste así en que, en su tiempo, la asimilación de la enseñanza de Jesús por parte de los discípulos sigue dejando mucho que desear.

La mención de la fe es inesperada pero se justifica por la afirmación que le sigue. Antes de exponer algo aparentemente imposible, Jesús prepara a los discípulos exhortándolos a tener plena confianza en Dios.

El siguiente dicho de Jesús es solemne. Por eso empieza con la frase “les aseguro”, y subraya la certeza de lo que va a decir. Para expresar su pensamiento usa una hipérbole proverbial, la de ordenar a un monte que deje su sitio y se arroje al mar. Con ella indica Jesús que puede ser posible lo que aparece imposible. Como es sabido (3,13), el “monte” es, en Marcos figura de la esfera divina que entra en contacto con la historia humana.  Pero las palabras de Jesús tienen en este caso, una aplicación concreta. No habla de un monte cualquiera, sino de uno bien determinado: “ese monte”. El término “ese” designa naturalmente el monte al que se dirigen todos, sobre el que se ha encuentra construido el templo, y que los discípulos ven enfrente.

La frase “álzate y arrójate al mar” no es una oración a Dios, sino una orden dada al monte por cualquier hombre que tenga fe en Dios. No habla Jesús de un suceso físico; la orden al monte es una metáfora que da forma a una decisión individual, la de romper totalmente con lo que el monte represente. Con ella, el seguidor expresará el deseo de la desaparición definitiva del monte/templo. Este debería haber sido la “Casa de Dios”, el centro de la historia de Israel, destinado a ser lugar de oración para todos los pueblos,  pero, como Jesús ha denunciado, se ha convertido en el máximo exponente de la explotación económica que el sistema religioso judíos ejerce sobre el pueblo.

La orden a “Ese monte” significa la completa ruptura personal con una institución que falsea la imagen de Dios y, que en su nombre, oprime al pueblo. Para el que pronuncia esas palabras, ésa institución deja de contar para él; no tiene ya ningún influjo en su vida. Él vive como si ya no existiera, afrontando todas las consecuencias de su ruptura con ella.

Como se ha visto, Jesús no limita esta decisión al grupo de discípulos; incluye a otros partidarios o seguidores. Tampoco propone una decisión colectiva, sino individual de cada uno. Y esta ruptura radical con el sistema religioso, encarnado en el templo, no es solamente interior, sino pública, como la de Jesús. El que no vacile en su interior y tenga la valentía de llevarla a cabo prescindirá de todo lo que pueda significar adhesión o miedo a ese sistema y debe creer en la eficacia de su opción que, a su debido tiempo, dará su fruto ( “lo obtendrá”). Con las sucesivas rupturas, el sistema se irá viniendo abajo. La formulación que le da Jesús expresa la seguridad absoluta, porque sabe que Dios está con el que hace esa ruptura y que todo es posible para el que tiene fe (9,23).

El rechazo expresado por la orden “Álzate y arrójate al mar”, realiza en el individuo las palabras que Jesús dirigió a la higuera: “Nunca jamás coma ya nadie fruto de tí” (11,14). Cada uno debe renunciar a buscar nada positivo (fruto) en la higuera/institución. De forma figurada, la desaparición del monte traduce a nivel personal la muerte de la higuera (seca de raíz). De este modo, Jesús formula para cada seguidor lo que hizo Él mismo el día anterior, cuando denunció la realidad del templo. Se propone quitar todo apoyo al sistema.

El monte es el símbolo de lo inamovible, pero, con su dicho, Jesús asegura que la firmeza de las instituciones opresoras depende de la adhesión de los hombres. No tienen más solidez que la que le prestan los seres humanos con su adhesión y su reconocimiento, pues no son más que una objetivación hecha por los que las aceptan. Si éstos niegan con su modo de vivir la existencia del sistema injusto, éste acabará por desaparecer. Al quitarles la base del reconocimiento, las instituciones opresoras caerán por sí mismas.

El plazo del cumplimiento de la caída o desaparición no se señala, pero no por eso es menor la certeza. El hombre que colabora con el plan de Dios, es decir, con la liberación de la humanidad y la construcción del Reino, sabe que ese plan se está realizando y que llegará el momento en que se cumpla por completo. Jesús no dice: “lo verá” sino “lo obtendrá”; es decir, el deseo llegará a realizarse. La fe no es una magia de efecto instantáneo, sino una actitud que abre cauce a la fuerza de Dios. Esta se manifestará a través de los que creen, provocando la caída de toda realidad histórica que impida la realización del hombre y del reinado de Dios. La ruptura tendrá eficacia si el que la hace no duda al ver la magnitud de la empresa (“y no vacile en su interior”), olvidando la fe-confianza.

Por otra parte, su decisión tendrá consecuencias personales, pues, como en el caso de Jesús, la institución judía se propondrá suprimir a los que no se le someten. El dicho de Jesús implica, por tanto, que sus seguidores deben estar dispuestos a jugarse la vida por negarse a reconocer a esa institución injusta u otra semejante.

Vuelve aquí el eco del dicho de Jesús en el que mostraba su táctica para derrocar al fuerte. No pretendía ocupar su lugar, sino reducirlo a la impotencia y dejar su casa vacía. “El fuerte” es el sistema opresor; “sus enseres” son los seres humanos que están sometidos a él. Cuando los hombres abandonan por convicción y decisión personal ese sistema, éste, al carecer de medios para impedirlo y se viene abajo.

Jesús invita a los discípulos a que, como seguidores suyos, rompan radicalmente con la institución judía (el monte del templo). Pero ésta es el prototipo de los sistemas opresores presuntamente legitimados por la divinidad, por lo que, en la perspectiva de la futura misión, deberán oponerse sucesivamente a otros sistemas opresores político-religiosos.

24 Con motivo de eso, les dijo: todo cuanto pidan para ustedes en oración, tengan fe en que lo han recibido y lo obtendrán.

Primero, Jesús ha hablado de la ruptura de cualquier creyente con el sistema opresor (“quien diga al monte”). Ahora habla de la petición a Dios, pero considerando solamente el grupo de los discípulos (“les digo que cuanto pidan...”), como si fueran ellos los únicos que necesitan hacerla. El primer dicho da pie a éste (“con motivo de eso...”), y el vínculo de unión entre los dos es la fe (Tenga fe v23/ tengan fe v24).

Aunque Jesús se dirige al grupo entero como un bloque, sin distinción entre los individuos, la petición a Dios es un acto personal. El sentido del dicho es, por tanto, distributivo: cada discípulo puede pedir a Dios con la confianza de que obtendrá lo que pide. Ahora bien, el hecho de enunciarlo de todos ellos como grupo significa que el objeto de la petición no es arbitrario, ni depende del capricho personal. Es algo que todos ellos necesitan obtener y que cada uno necesita pedir.

También este dicho tiene un tinte hiperbólico: “todo cuanto pidan”. Jesús quiere decir con esto que aún lo que parece más difícil está al alcance del que ora. Teniendo en cuenta el contexto anterior y el reciente comentario de Pedro a la vista de la higuera seca de raíz, puede deducirse qué es esto tan difícil que los discípulos pueden y deben conseguir. De hecho, Pedro, que erróneamente ha admirado la fuerza de la palabra de Jesús ha puesto de manifiesto la mentalidad del grupo. Todos siguen aspirando a un poderoso Mesías reformista que procure la gloria de Israel. Este ideal común a todos es el gran obstáculo que tienen en ellos mismos para tomar la decisión que ha propuesto Jesús de romper radicalmente con la institución judía, representada por el monte del templo.

Jesús les asegura que la fuerza de Dios está a disposición de ellos para superar toda dificultad y, en particular, la ideología que les impide la necesaria ruptura con su pasado reformista y nacionalista. La orden al monte suponía la certeza de que Dios está con el que sigue a Jesús. La petición de los discípulos ha de basarse en la misma certeza, creyendo que su efecto es infalible. “Tengan fe en que lo han recibido”, significa que, por parte de Dios, todo está hecho. El discípulo debe tener fe en que Dios le ha concedido lo que pedía y actuar en consecuencia, es decir, dar el paso y romper con su ideología pasada. Esta es la fe confianza, que da fuerza a la petición y asegura su éxito. Da la total certeza de haber sido escuchado, lo que equivale al “no dudar interiormente” del dicho anterior (11,23)

Enlazan estas palabras con lo que Jesús dijo a los discípulos después de la expulsión del espíritu mudo: “Esta ralea no sale más que pidiéndolo” (9,29). Los discípulos siguen en la postura de entonces. Jesús ha instado a la ruptura con el sistema judío; solamente pidiéndoselo a Dios conseguirán los discípulos vencer la resistencia que oponen a ellos por causa de la ideología que los domina.

En el primer dicho, la fe en Dios convencía de que la ruptura con la institución no es un gesto vano ni un idealismo irreal, sino que tiene su efecto. En el segundo, la fe en Dios convence de que todo obstáculo interior puede ser superado. El fundamento en ambos casos es la certeza de que Dios está con el que sigue a Jesús.

25 Y cuando estén de pie, orando, perdonan si tienen algo contra alguien, para que también su Padre del cielo les perdona sus faltas.

La oración de que habla Jesús rebasa la petición anterior y se extiende a toda clase de oración. El texto puede traducirse “cada vez que estén de pie orando...” ya que orar de pie era la costumbre de los judíos. Jesús les advierte de que hay una condición para poder comunicarse con Dios; no sentir rencor ni hostilidad contra nadie. El que, en vez de perdonar, aborrece al que le ha hecho daño, se cierra al amor y Dios no puede expresarle su amor con el perdón. Jesús excluye así de sus seguidores toda actitud de resentimiento y todo espíritu de violencia. La especificación “contra alguien”, sin distinción, incluye a los enemigos. El discípulo desea la ruina del sistema, no la de las personas. Hay una posible alusión a la persecución que puede surgir como consecuencia de la ruptura.

El nombre de “Padre” significa que Dios es amor y vida. Esto funda la fe-confianza del discípulo. Pero esta fe debe asimilar el comportamiento del hombre al del Padre. No estará en sintonía con él sin una actitud de amor hacia los demás. “Su Padre del cielo” se opone al grito que resonaba durante la entrada en Jerusalén, en boca de los que identificaban a Jesús con el mesías davídico (11,10). Aparece de nuevo la oposición entre dos mesianismos: el del reinado de David y el del reinado de Dios (1,15). Al decir “sus faltas” y no “sus pecados” implica que en sus seguidores auténticos no existen pecados. Los pecados son las acciones que dimanan de la opción por la injusticia. La enmienda o la fe rectifican esa mala opción y liberan de los pecados del pasado. La adhesión a Jesús conlleva la opción por el amor a los demás, que es lo opuesto a la injusticia. Por eso, en la comunidad cristiana no hay pecados, solamente faltas o fallos.

27 Y llegaron de nuevo a Jerusalén.

Tercera y última vez que se menciona una entrada de Jesús en Jerusalén, entrada que tendrá de nuevo como meta, el templo. Ha dado tiempo para que las diversas facciones judías saquen sus conclusiones de la acción de Jesús el día anterior. Se prevén reacciones a la denuncia del templo.

El presente histórico (“llegan” puede indicar que, todavía en la época de Marcos, los discípulos necesitan actualizar las escenas que siguen, para rectificar desde ellas sus opciones y su concepción mesiánica.




[1] En relación al v26, algunos códices antiguos añaden: “si ustedes no perdonan, tampoco su Padre del cielo les perdonará sus faltas”, adición tomada de Mt 6,15. Las ediciones críticas lo omiten.

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