Marcos 13,1-2

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PREDICCIÓN DE LA RUINA DEL TEMPLO

1 Mientras se alejaba del templo, uno de sus discípulos le dijo: “Maestro, ¡mira que sillares y qué edificios!

2 Jesús le dijo: “¿Ves esos grandes edificios? No dejarán ahí piedra sobre piedra que no derriben”


1 Mientras se alejaba del templo, uno de sus discípulos le dijo: “Maestro, ¡mira que sillares y qué edificios!

Jesús abandona definitivamente el templo, expresando su ruptura total con esa institución, que, como símbolo de la nación, concentraba en sí y representaba todas las instituciones de la nación judía, en primer lugar las religiosas, pero también las políticas.

La salida de Jesús del templo recuerda su entrada en él, el día en que de obra y de palabra hizo pública su valoración (11,15). Aquel día, tras exponer la función original del templo, casa donde Dios debía habitar, (11,17) y el programa que Dios le señalaba, ser lugar de oración para todos los pueblos de la tierra, punto de encuentro y de contacto de la humanidad entera con el Dios de Israel (Is. 56,7), la contrapuso Jesús a su función actual, “cueva de bandidos” (Jr. 7,11 y Os. 4,8; 6,9; Miq. 3,11), lugar donde éstos actúan y donde acumulan su botín, y el programa que realizan: comprar, vender, cambiar dinero, explotar a los pobres, reduciendo el templo a la condición de lugar profano (11,16). Los bandidos, es decir, los dirigentes, han despojado a Dios de su casa y han hecho fracasar su programa.

El antagonismo de Jesús con la institución judía se ha explicitado en la denuncia antes mencionada (11,14.17.20; 12,9). El hecho de que Jesús entre en el templo (11,15) y salga de él (13,1a) manifiesta que no pertenece a esta institución. Paralelamente la falta de mención de entrada y de correspondiente salida del templo en el caso de los discípulos, quienes sin embargo aparecen en él (12,43), indica su pertenencia y adhesión a ella. Cuando Jesús sale del templo, lo hace solo.

De hecho, el discípulo que lo interpela, exponente de los ideales de todos los demás, aunque lo llama “Maestro”, no tiene en cuenta su enseñanza anterior ni su ejemplo, ni tampoco pide ahora una nueva enseñanza. Simplemente invita a Jesús a mirar hacia atrás, a contemplar lo que él está mirando.

La realidad llamada por el evangelista “el Templo”, es designada por el discípulo como un conjunto de construcciones, fijándose tanto en los materiales que han servido para edificar (sillares) como en el resultado de la construcción (los edificios). Considera el templo en cuanto es obra humana, no en cuanto tiene o no relación con Dios.

Cada aspecto va enfatizado por un “¡Qué!” ponderativo inicial que refleja los rasgos de tamaño, excelencia y admiración que en ellos ve o que siente el discípulo. La magnificencia de los edificios manifiesta la grandeza de sus constructores.

Son obra de obra de hombres que en su construcción han demostrado su riqueza, poder y eficacia. Son la obra y el símbolo de Israel. El discípulo sigue viendo encarnada en el esplendor de los edificios la gloria de la nación judía, con cuyo ideal se identifica. La lección que Jesús acaba de darles con ocasión de la limosna de la viuda pobre (12,44) no ha sido escuchada.

Por la invitación que hace a Jesús, se ve que el discípulo espera que éste comparta su actitud. Supone que la denuncia y condena del templo hechas por Jesús no significan el rechazo del ideal nacionalista. Aparece aquí el espíritu reformista del discípulo y, con él, el del grupo. Descontentos con la situación en que se encuentra el pueblo y con la jerarquía que los gobierna, esperan, sin embargo, que el cambio de situación que ha de ser realizado por Jesús como Mesías, retenga el antiguo universo de valores; nacionalismo, poder y esplendor de Israel. Separa, por tanto, la denuncia del templo, como institución infiel a Dios, de su significado como símbolo de los ideales nacionalistas. Espera que Jesús comparta su entusiasmo.

Es patente la sordera del grupo de discípulos respecto a los dichos de Jesús que afectan el nacionalismo judío. En la parábola de los viñadores (12,1) había anunciado Jesús la ruina de Israel como nación y el traspaso de la viña/el reinado de Dios, a otros viñadores, además de predecir su muerte. Todo eso ha sido ignorado por ellos.

La introducción al dicho del discípulo está en el texto en presente histórico (“le dice”). Con ello, Marcos, advierte que la actitud manifestada en aquella ocasión sigue reinando en el grupo en la época en que escribe el evangelio.

2 Jesús le dijo: “¿Ves esos grandes edificios? No dejarán ahí piedra sobre piedra que no derriben”

Para Jesús, el templo-institución no ha cumplido la misión que Dios le había asignado, que no era procurar ni representar la gloria humana de Israel, sino revelar el verdadero Dios a la humanidad entera (11,17). El Dios que lo habitaba no lo era exclusivamente del pueblo judío, sino de la humanidad entera. La misión de la institución israelita no era política y nacionalista, sino religiosa y universal; era solo intermediaria entre todos los pueblos y Dios. Al no realizarla, pierde su significado. La gloria de Israel no se funda en edificios ni en grandeza humana, sino en la fidelidad a Dios.

Sin embargo, a la admiración y adhesión del discípulo no opone Jesús un juicio negativo sobre la realidad del templo. Se mantiene en la misma línea que su interlocutor. Va a referirse al templo no como lugar sagrado, sino como lo ve el discípulo, es decir, como la expresión concreta de la gloria de Israel y del ideal nacionalista.

En su frase, Jesús sustituye el ponderativo “¡qué magníficas!” por el adjetivo “grandes”, que denota el tamaño, pero no incluye los rasgos de excelencia ni admiración. Jesús no se vincula a esas construcciones. Al contrario, pretende enfocar la visión del discípulo, despojándola de los elementos subjetivos que éste ha añadido. Implícitamente le está diciendo que la mera grandeza material no es base suficiente para una valoración positiva ni, en consecuencia, para motivar una adhesión.

En realidad, el esplendor aparente encubre la debilidad; Jesús anuncia la total destrucción (Miq. 3,9; Jr. 7,11). El agente que “no dejará piedra sobre piedra no está mencionado, pero sí supuesto. El que derribe los sillares será un sujeto humano enemigo de la nación judía, es decir, una nación o naciones paganas. La organización de los elementos “sillares” que había dado existencia a los grandes edificios, va a ser sometida a un derribo que hará desaparecer la construcción.

Lo mismo que la existencia de los edificios era signo del poder de Israel como nación, su destrucción lo será de su impotencia y de su debilidad. La demolición total queda subrayada por la frase final: “que no derriben”, que excluye hiperbólicamente la mínima excepción. Lo que era signo de grandeza se convertirá en signo de aniquilación. Jesús no señala el tiempo en que ha de ocurrir. Pero, al ser el pueblo judío incapaz de impedirla, quedará destruida su pretensión de gloria, es decir, de riqueza, poder y eficacia. De la ruina futura se deduce que no hay razón objetiva para afirmar la superioridad de Israel como nación ni para el triunfalismo del discípulo.

La predicción de Jesús sigue una determinada línea profética, donde se anunciaba la destrucción del templo como consecuencia o castigo por la infidelidad de Israel. [1]

La grandeza y poder simbolizados por los edificios no pertenecen al plan divino sobre Israel y, por entrar en colisión con la de otros pueblos con las mismas aspiraciones, está condenada al fracaso.

La información que da Jesús al discípulo sobre el acontecimiento futuro lo capacita para que saque una consecuencia: no ha de admirar esa realidad ni dar su adhesión a ese ideal humano de grandeza. Es decir, debe renunciara su programa nacionalista.

El texto no registra alguna reacción inmediata a la predicación. Se expresará en el v4, por boca de Pedro y de sus compañeros.



[1] Miq. 3,12; Jr. 26,33, 1Re 9,6

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